Tiempos de guerra

Hará unas cuatro décadas, cuando era una muchachita de dieciséis años, redacté una correspondencia destinada a mi marido, por aquel entonces alistado en la mili. El pobre…lo mal que lo pasó.

Estoy de broma. Escribí esta carta con motivo de un concurso escolar y siempre le tendré un cariño especial. Por aquel entonces, no tenía una opinión muy madura  del servicio que los militares ofrecen al país—sinceramente, no creo tenerla aún tampoco…—,  pero sí me hacía una idea de lo que de lo que puede suponer vivir una experiencia tan aterradora como es una guerra. Con todo lo acontecido recientemente, me gustaría dedicársela, esta vez se verdad, a todos los militares que defienden una causa noble.


Querido militar:

He de aclarar que he elegido una dirección al azar dentro de mis posibilidades. Así que probablemente nunca sepa si realmente has leído esto. No obstante, tengo una fe totalmente ciega en ti, porque no sé quién eres, pero sí cómo eres.

Me gusta imaginarte fuerte y valiente, que puedes con todo, que eres como esos héroes que en las películas se paran en medio del bombardeo para auxiliar a un herido, sea quien sea, y que luego se queda con la chica y todo se acaba en un beso.

Me encantaría pensar que mientras lees esto está lloviendo, y que el sonido de las gotas golpeando el cristal no te recuerda a una metralleta en la batalla, sino que te sosiega por dentro.

Preferiría creer que no sufres, que no has llorado mientras estás allí, solo, a pesar de sentirte rodeado; que no echas de menos a tu familia; que no te imaginas muriendo; que no te preguntas si de verdad todo eso sirve para algo; si deberías de haber sido médico, como quería tu madre; y que si tu vida vale menos.

Me tranquiliza no saber si oyes gritos y disparos que no existen mientras duermes, que no tienes sentimientos encontrados con los amaneceres. Desearía estar segura de que eres feliz.

Porque además de ser soldado eres una persona. A veces tiendo a pensar que sois como los famosos, que parecen existir sólo dentro de la pantalla. Pero no, tú necesitas comer, tienes frío, has sido niño, sufres desamor, te ríes…y eso es lo mejor de todo, que eres humano.

Ahora te hablo en nombre de tu país, de los que vivimos en nuestra jaula de oro, y te animo a que sigas adelante aunque sólo sea por nosotros. Porque necesitamos que existas, precisamos de ti para no perder la seguridad de que nos has dejado un buen legado: la satisfacción de saber que hay alguien que ha visto lo peor del mundo, pero a pesar de eso, sigue creyendo que la bondad nunca desaparecerá.

Gracias por ser ese capitán del barco que no se salva hasta que todos estamos seguros. 

Gracias por ser tú, soldado.

Sara.

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