Bárbara.

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Estaba pensando en mis muñecas. No las que unen mis brazos a mis manos, sino esas figuras humanas de plástico con aspecto inhumano, de proporciones imposibles y curvas de vértigo. Con cabellos sintéticos y pies subidos a tacones invisibles.  Aquellas que te permiten ser una estrella del rock, modelo de pasarela y submarinista sin moverte de tu casa. Qué invento tan grandioso… Me río yo de la realidad virtual.

Tener una muñeca es un sentimiento que no puedo igualar con nada. Es algo mágico; desde el momento en el que la acunabas en tus brazos por primera vez, después de haber pasado un largo tiempo decidiendo que esa era la que más te gustaba.

Porque cada Barbie es un mundo. No es lo mismo irse a la playa con Barbie Califonia o Merliah la Sirena que con Barbie Peluquera. Con ese modelito ajustado de color rosa y su pequeño cinturón de herramientas para modelar el cabello la ves un tanto indefensa. Aunque, como con todo, existían distintas corrientes de pensamiento en cuanto al tratamiento de las muñecas. Hay quienes, como yo, no eran capaces de mojarles el pelo. Me encontraba con esa leyenda urbana que decía que, una vez empapado el cabello, no volvía a ser lo de antes. Y claro, una no quiere arriesgarse, que bastante iba a tardar en conseguir una nueva.

Las películas de Barbie eran un buen indicativo de cuándo ibas a obtener otra muñeca. En cuanto salía una nueva, podías vernos a todas babeando por ella. Cualquiera que haya compartido este hobbie conmigo sabrá que da mucha envidia cuando todas tus amigas están jugando con Barbie Campamento Pop  mientras tus sigues estancada en la década pasada con Barbie Rapunzel.

Hablando de eso, eran curiosos los largomentrajes de esta marca, ¿verdad? Es extraño que nos gustasen tanto. Es decir, en la vida real me viene una chica con un físico ultra perfecto, a la que se le da bien absolutamente TODO, que siempre tiene razón, y cojo la puerta y me voy. Mentiría si dijese lo contrario. Estoy segura de que sus amigas Teresa y Christie (que era idénticas a ella pero con otro color de piel y cabello) la ponían verde a sus espaldas. Eso, o se hacían las tontas para poder ir con ella de fiesta en su barco privado rosa.

No obstante, las Barbies no tienen suerte en una cosa: no son sólo inhumanas en su físico y personalidad, sino que además son inmortales. Esto implica que, en ese triste momento en el que se da fin a la infancia, nuestra preciada muñeca acaba guardada para siempre en un oscuro cajón en tierra de nadie, junto a sus demás hermanas mellizas, con su larga melena rubia enredada, sus manos y pies roídos. Y que nadie me diga que el sabor Pie de Barbie no estaba muy bueno.

Sara.

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