Queridas lágrimas…

Ayer no me dio tiempo a decíroslo: me alegro mucho de habernos visto. Os echaba muchísimo de menos y no me había dado ni cuenta. Sólo sentía que me faltaba algo, que tenía una especie de cosquilleo en el pecho que, paradójicamente, no me invitaba a reír sino a llorar.

En un principio no os esperaba por aquí. ¿Qué os animó a venir un día tan apropiado? Estaba concentrada viendo una película cuando llamasteis a mi puerta sin avisar. Comenzasteis a contarme historias que resultaban tan conmovedoras… ¿Por qué? En ellas había recuerdos agridulces pero divertidos, nostálgicos. Me disteis la mano cuando empecé a mover una pierna nerviosa porque no sabía muy bien cómo reaccionar. Estaba muy confundida.

Me hicisteis llorar. No sé si de alegría o de tristeza. Era como una mezcla de ambas pero que se inclinaba más a la alegría. Creo que porque el hecho de estar triste me alegraba. ¿Tiene eso sentido?

Mientras sosteníais mis manos me hallaba en paz porque sabía lo que me ocurría: tenía las mejillas empapadas y los ojos hinchados. Me faltaba la respiración en ocasiones. Tenía el pelo enredado. La pierna seguía temblando.

Cuando os marchasteis me miré al espejo porque es algo que suelo hacer cuando os vais. Me veía guapa.

Sara.

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