El viernes. A las palomitas invito yo.

Voy a intentar juntar dos acontecimientos que en un principio no tienen nada que ver.

El primero es que hoy he ido al cine. El segundo es sobre una cena en la que elegí mal el sitio donde sentarme (por un chico que me gustaba). 

Si no sale pues no pasa nada, pero lo quería intentar como mínimo.

Mientras veía la película me han entrado ganas de escribir sobre lo mucho que el cine significa para mí ahora. Incluso después de haber declarado públicamente que lo odiaba. Me encanta que huela a palomitas caras y me hace feliz ir con mis amigos. Me gusta tener las entradas compradas con antelación, pero no pensarme mucho la película o el día. 

Es raro. 

Digo mucho la expresión “es raro“. No tiene la mayor importancia.

Han sido unos meses ajetreados. La longitud del verano se ha reducido durante los dos últimos años. He ido aquí y allá, sin pensármelo. Como cuando compro las entradas del cine. Aunque me deje un riñón por un largometraje que no dura ni dos horas. 

Siguiendo con la metáfora, este verano he comprado muchas entradas y he visto muchas películas. Algunas me han gustado y otras me han resultado dañinas. Yo las he elegido. Voluntariamente me he expuesto a ellas. Cuando han terminado he compartido una reseña con mis mejores confidentes. Ellos también han compartidos sus anécdotas del cine conmigo. 

He aprendido mucho. Siempre aprendo de todo. A veces cosas erróneas (que luego me sirven para aprender otras cosas). Aprendo y aprendo, y descubro historias y los demás descubren las mías. 

Al final no he conseguido juntar las dos anécdotas. 

Lo dejaré para otro día. Prometido.

Sara

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Fuente: giphy.com

 

Pd: Quería dedicarle esta entrada a un compañero escritor (El Aguijón Escarlata), que tuvo un detalle precioso conmigo hace unas semanas. Lo que he escrito no tiene que ver con él, pero estoy orgullosa porque es algo genuino y sé que él sabe valorar ese tipo de cosas.

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Sobre Psicología y Películas

Me considero creativa. Me gustan todas casi todas las ramas del arte: pintura, música, baile, escritura y cine (o series, o programas de televisión y radio; todo vale). De hecho, si no estudiase Psicología me hubiese dedicado a algo artístico, como ser actriz de doblaje.

Creo que me gusta la Psicología porque me gustan las historias. Además, creo que la Psicología te enseña a darle importancia a las historias de la gente; no como cotilleos de los que se leen en las revistas del corazón, sino más bien como cuando te lees un libro y deseas que le ocurra lo mejor a tu personaje favorito. Por cierto, en esta metáfora, tu personaje favorito sería tu paciente (es por si no me he explicado bien).

He pensado mucho sobre gracias a las películas de Pixar, porque leí que una de las guionistas estaba segura de que cuando hacías sufrir al personaje y luego veías cómo se superaba a sí mismo te enamorabas de él.

No es que piense que nos atrae el sufrimiento (bueno, un poco sí, supongo), pero no en el sentido de “enamorarse” del paciente. Sino en introducirte y “engancharte” a su historia; en seguir su crecimiento como persona; en celebrar sus logros; en sufrir junto a él. En darle importancia.

De hecho, creo que el paciente se puede “enganchar” a su vez del psicólogo porque éste último le da importancia. En muchas ocasiones simplemente eso basta para que alguien comience a sentirse mejor. O a querer comenzar a sentirse mejor. O a intentar comenzar a querer sentirse mejor. O a dejar de tratar de reformular la frase para que el lector no se haga un lío.

Sara

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Fuente: andry-shango-rajoelina-prints.tumblr.com

 

Día 30 de Abril del 2017

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Mis antepasados creían que mi cielo sería gris. Algunos días lo es pero, por lo general, exhibe un tranquilo azul claro por las mañanas y una preciosa paleta de tonalidades cálidas al caer el sol. Por la noche es azabache, espolvoreado con pequeñas motas de color plateado. Es precioso. 

Pensaban que viajaríamos en coches voladores. Queda un tiempo para que eso se logre; quizás mucho, quizás poco, pero aún no ha ocurrido. 

Decían que nuestros hogares sólo serían rascacielos. En mi ciudad, al menos, hay humildes bloques de piso de poca altura. También tenemos casas. Yo vivo en una una muy bonita. Su fachada no es de un blanco impoluto, como ellos imaginaban. De hecho, no le vendría mal una mano de pintura, ahora que lo pienso. 

Tenemos parques, ríos, playas, cascadas, árboles, flores y animales. No nos parecemos nada a la idea que se habían formado de nosotros. No nos hemos cargado el mundo, todavía.

Aunque, siendo sincera, no me gusta vivir aquí. Sería genial no habitar en esta era. “A alguien tenia que tocarle, ¿no?”. Pero no es justo. Estamos atrapados. Es imposible salir de este sistema, de esta forma de vida, porque entonces te quedas solo. 

Nuestra vida no es cómoda. Tenemos robots que cocinan, persianas que se suben solas, e incluso libros sin papel. Pero no somos felices. Nuestros mayores nos riñen por ello, pues no comprenden que nuestras facilidades nos exasperen hasta tal punto. Ellos vivieron las guerras y la pobreza, ¿cómo podemos ser tan insolentes?

Pero nuestro mundo, tan “feliz y futurista” como algunos lo vendían, va demasiado rápido. Estamos saturados de información, necesitamos descansar. Todo es posible. Puedes hablar con quien quieras. Puedes hacer lo que quieras. Puedes ser guapa y perfecta. Tienes que serlo. Tienes que hablar con todo el mundo. Tienes que conseguir todo lo que te propongas. Todo es posible. Todo se conoce. Queremos que todo se conozca. 

No tienes pausas para tomar aire.

Nuestro cielo aún no ha cambiado. Pocos se darán cuenta cuando ocurra; sólo miramos hacia abajo. 

Sara.

Inspirado por: Black Mirror.