Una de las muchas entradas que leerás sobre el nuevo año.

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Existe algo que compartimos con los barcos, los aviones y las cámaras de fotos: el modo automático. Y bien sabe Dios que es un arma de doble filo. Está muy bien poder hacer fotos de galería sin tener la menor idea de cómo se utiliza una Canon o navegar por el amplio mar sin poner los dedos sobre el timón, pero nunca se debe olvidar que, en el momento en que se sueltan las manos del volante se pierde el control sobre la situación. Lo cual no es siempre bueno.

Imagina esa vez que llamaste mamá (o peor aún: abuela) a tu profesora de primaria sin querer; o cuando te sonrojas al escuchar el nombre de la personas que te gusta en secreto; o todas esas ocasiones en las que despiertas del monólogo interior de tu mente y te das cuenta de que un amigo tuyo te está contando la trepidante historia de cuando su padre perdió la cartera en el aeropuerto y toda la familia perdió el avión. Hay tantos ejemplos como situaciones.

Aunque sería muy quisquillosa si sólo hablase de lo malo. ¿Qué pasa con las canciones famosas de veranos pasados? El baile sale solo. ¿Y qué me dices de tu capacidad para manejar los controles del coche de manera inconsciente? Esto no es beneficioso en todos los casos, pero ya me entiendes. Depende de cómo lo mires. Personalmente, creo que nuestro piloto automático nos trae muchas cosas buenas. Sobre todo y, aunque parezca irónico, nos aporta espontaneidad. ¿No se te había ocurrido que la primera palabra que pronuncias todos los años es «feliz? No sonaría tan bien si lo forzaras.

Sara.

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Año nuevo, vida

 

Hay refranes que tiene toda la razón, lo cual no me extraña. Si algo perdura mucho en el tiempo suele ser porque es muy bueno o porque es muy malo. Los refranes tienen esa suerte de encontrarse en el segundo grupo. Lo siento, Segunda a guerra Mundial, otra vez será… Hace unos días, con todo esto de la Navidad, me paraba a pensar en todas las frases ñoñas que se sueltan cada segundo. Alguien con visión empresarial podía privatizarlas y ganarse una fortuna. Quien sabe, quizás en un futuro me anime.

Siempre he creido en los dichos como en la Caja Roja, que se la regalas a todo el mundo pero nunca te las compras para ti, porque  a la hora de la verdad nunca sirven para nada. Pero, pensándolo bien, podría establecer una relación entre distintas momentos de mi vida y algunos bomboncitos de Nestlé.

Al terminar cada año, por ejemplo, me entra la sensación de que todo va a cambiar, de que de repente todos mis problemas se van a esfumar y yo me voy a convertir en alguien feliz por arte de magia. No sé, no creo que un número tenga tanta fuerza como para hacer eso. Además, lejos de deprimirme, esta idea me anima. Significa que todo puede ir a mejor en cualquiler momento, que puedo comenzar el año cuando yo quiera, como si me apetece que sea el 5 de agosto o el 29 de febrero, que este año se puede. Así que supongo que me voy a tomar la licencia, cual departamento de pastoral de colegio, y voy a sostener que «Dia nuevo, vida nueva». No me apetece esperar.

Podría decirse que cada vez que interiorizo uno de estos consejos, voy haciéndome más madura. Espero que en algún momento de mi vida consiga comerme mi caja entera. Si no, podéis regalársela a quien queráis.

Sara.

PD: ¡Feliz Navidad! (Bueno, lo que queda de ella)